El álbum

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“Camanchaca” no es solo una quimera. Es sobre todo un milagro.

Es un milagro, porque tener ideas, y sueños, y proyectos, es fácil. Todo el mundo los tiene. El problema es realizarlos. Y el milagro reside en que “Camanchaca” hubiera sido un bello ensueño sin toda la gente que decidió adoptar mi quimera, para hacerla posible, realidad tangible.

Para ellos, mi agradecimiento eterno.

En primer lugar, para los músicos que, con entusiasmo, inmenso cariño y respeto por mi trabajo, han puesto tanto de sí, sin que (en ningún instante) haya sido necesario poner sobre la mesa el tema económico.

Por eso tengo que nombrarlos, uno por uno:

El primero de todos, al maestro, hermano y compadre, Miguel Ballumbrosio. La pulsación rítmica de “Camanchaca” (salvo en “Rumbia”) es indiscutiblemente chinchana. Y ello no solo porque todos los temas fueron compuestos sobre “loops” ejecutados por Miguel, sino porque, cada vez que le enviaba las maquetas, para pedirle la autorización para usar sus samplings, sin que necesitara pedírselo, recibía de vuelta 3, 4 o 5 pistas de percusión, que me permitieron seguir trabajando. Y porque no dudó un segundo en venir dos veces a Nantes, para grabar en el estudio hasta 13 horas diarias, sin pausa, y terminar con las manos hinchadas como guantes de box. Miguel merece mucho más que una canción. Pero por algo hay que comenzar.

En segundo lugar, a Sylvain Poslaniec, gran bajista francés, quien dedicó sesiones interminables a concebir y grabar inumerables pistas, maquetas de líneas de bajo, etc. Quien, desde el momento de su llegada al proyecto, se convirtió prácticamente en mi sombra, asistió a todas las sesiones de grabación y mezcla en el estudio, para destilar sus ácidos comentarios, siempre pertinentes. Y, algo que quedará entre nosotros, por ese increíble día en que grabamos live “En tu recuerdo vivo”, Miguel, Sylvain y yo.

A Fernando “Chicho” Pantoja, quien montó un estudio en su dormitorio, para realizar la pre-producción de la batería, con gran profesionalismo, y terminar grabando durante una alucinante sesión en el Batiskaf.  Gracias, Chicho, por abrirme tu carnet de contactos que me abrió las puertas al círculo de la música en Nantes.

A Marta Galarraga, quien vino para hacer coros y terminó regalándome un alucinante canto yoruba en “Vestida de negro”, después de haberme dicho: “yo conozco a esa mujer, es la muerte, y la religión yoruba tiene un canto para ella”. Necesitó una sola toma, y terminamos abrazados los dos, emocionados.

A Edi Negón y Martín Ferreyros quienes, dos días después de recibir la maqueta, subían a un tren para venir a grabar, con inmensa alegría, optimismo y profesionalidad.

A Pedro Bernales, por su inmensa alegría y entusiasmo. Por su gran caballerosidad al aceptar los problemas técnicos en muchas de sus tomas, que me obligaron a borrarlas, para que vuelvan a ser grabadas por Miguel.

A Miguel “Wanchako” Osorio y sus cuerdas andinas. Y su comentario final: “Bien marcianita tu canción, pero me gusta un montón”.

A Jean-Patrick Cosset, el tecladista más chichero y sicodélico de Nantes, por haber encontrado un momento en su cargada agenda para grabar los teclados de “Rumbia”.

A Patricia Oliart, a quien, de visita a Nantes, no necesité más de dos segundos para sugerirle grabar coros en “Virgen de Arena”.

A mi sobrino Hugo Naudin, talentoso saxofonista.

A mi Paola, mi violinista preferida, mi promesa cumplida.

“Camanchaca” solo hubiera sido una quimera sin la generosidad y el talento de estos grandes músicos.

 

Fotografía : Arnaud Danjoux

Diseño y realización gráfica : Cherman

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